lunes, 30 de julio de 2007

Edición del 22 de julio de 2007


El hombre que pudo sonreír

En esta ocasión incluimos un nuevo cuento del joven escritor Miguel Ángel García Torres (Cuatrociénegas, Coahuila, 1986).


Había en la ciudad un hombre tan rico y poderoso como solitario y triste, que nunca podía sonreír. Él no sabía lo que era carcajear de placer, sentir la falta de aire, clamar piedad debido al dolor de las mandíbulas, o retener el estómago que parecía estallar en repetidas contracciones. Por lo tanto, en vísperas de su muerte, el anciano enfermo decidió que si alguien de su parentela lo hacía siquiera mostrar una mueca de júbilo, quizá del tamaño de un ombligo o de una hebra retorcida, quien lo consiguiera heredaría por completo su fortuna.

¡De inmediato surgió un revuelo entre la familia por conseguir esa dicha!

Los parientes actuaron delante del viejo disfrazados de payasos ridículos y remedos de magos, unos con chistes malísimos y complejos, y los otros con trucos simples y frustrados. Luego comprendieron que se requería de ayuda profesional.

Fue una ardua competencia, pues la búsqueda de talentos para complacer al moribundo resultó interminable, por los innumerables viajes de mensajeros que solicitaban en cada rincón "a la brevedad, personal capacitado para hacer reír".

Enseguida se presentaron en la ciudad, uno tras otro, los más misteriosos circos del mundo, provenientes de los cuatro puntos cardinales, con una gran variedad de personajes interesantes y exóticos. Cada compañía se diferenciaba de las demás por sus coloridos, sus distintos espectáculos y sus extravagantes fieras. Sin faltar alguno, todos los actos se exhibieron al enfermo para hacerle reír. Cientos hicieron lo imposible para obtener algo, hasta despistados que pusieron en práctica lo más rústico de esa disciplina; sin embargo, fue inútil cada esfuerzo.

Algunos opinaban que era como hacer llorar a una piedra. "Parece que ya lleva encima la lápida de su entierro", decían. Incluso otros sórdidamente ironizaban con la idea de la risa del conejo, ésa en la que una serie de impulsos nerviosos dibujan una sonrisa en el enfermo al tiempo de morir.

Muchos pensaban qué inventarían para que el viejo serio y aburrido emitiera al menos un suspiro, o asomara un diente, que dejara entrever una manera. Tiempo después, toda la familia se unió en el intento.

Por los fracasos y bochornos anteriores, se decidió llevar al viejo a una tarima de madera y, ante la población, emitir un comunicado en el cual se ofrecía, a cualquier ser vivo que lograra con el anciano lo que muchos otros no habían podido, la cuarta parte de la herencia. Deprisa levantaron la mano sabios de barbas tan espesas como sus ingenios y bibliotecas, naturistas populacheros, psicólogos perturbados, entre muchos más personajes igual de pintorescos, cada uno con métodos extraños pero infructuosos. Sin embargo, cuando ya no había esperanza, un sujeto andrajoso y demente rogó por una oportunidad.

"Qué hará este desquiciado, que no hayamos intentado con nuestro antiguo arte", comentaban los cirqueros. "¿Dónde se habrá visto semejante insulto a nuestras fórmulas y emplastes?", se escuchaba entre los eruditos. "Esto será divertido", sentenciaban los presentes. "¿Pero qué querrá hacer este desdichado?", dijo uno de ellos. "Lo más lógico para un loco", contestó uno más entre sarcasmos.

Sin demora, el tipo harapiento subió al entablado, se situó delante del enfermo, lo examinó y pidió privacidad para él y el anciano; ambos se ocultaron tras bambalinas. Más tarde, el loco salió muy contento y orgulloso de su resolución. El viejo apareció sentado en una silla y con la cabeza cubierta por una capucha negra. El demente pidió atención al público, ostentando su ingenio innato, y entonces quitó al hombre la caperuza.

La familia y el público en general contemplaron el milagro. El anciano sonreía con ojos llorosos y las pupilas extraviadas (tal vez de alegría). Ésa era una sonrisa para siempre, que jamás se le borraría al acaudalado hombre a pesar de la muerte; ni éste descansaría de presumirla ante sus distinguidos vecinos del camposanto, cuando fuera sepultado en un enorme y tétrico mausoleo, atiborrado de arreglos barrocos; cuando fuera acomodado en el féretro construido con las maderas más preciosas y los forros de piel más tersos; pero sobre todo, cuando fuera acompañado del labio superior y la quijada que le habían sido desprendidos por el loco.
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Se buscan reinas: Contribuya al rescate de la historia

Para conmemorar el 70° aniversario de la Feria de la Nuez de Monclova, Coahuila, el Club de Leones, el Archivo Municipal y el Patronato del Archivo Municipal de esta ciudad buscan rescatar archivos, fotografías y anécdotas relacionadas a la elección y coronación de reinas efectuada en dicha feria.

Si usted conoce a alguna de las reinas, princesa o duquesas que han desfilado por esta alfombra roja, contribuirá al rescate de una de las tradiciones más importantes de este municipio.

Su aportación es bienvenida en el Archivo Municipal de Monclova, ubicado en el edificio del Museo Coahuila y Texas (Plaza Aldama s/n. Col. El Pueblo), o puede comunicarse al teléfono 6-33-88-36.

lunes, 23 de julio de 2007

Edición del 15 julio de 2007


Sobre 'De Boquillas al Mezquite' de Sergio Castillo

Por José Edgardo Valero Olvera

Viejas voces que cuentan las historias del campo son a las que Sergio Castillo Lara se dio a la tarea de entrevistar, transcribir y recopilar para dar vida al libro titulado 'De Boquillas al Mezquite', que figura dentro de la segunda temporada de la colección “La fragua”. Son veinte relatos de comunidades rurales de todo del estado, que se obtuvieron de aquellos que tienen mucho qué contar: los viejos.
Lo que este libro contiene cumple una función antropológica: revivir el pasado de quienes se han servido de él y que en duras circunstancias lo han gozado. Ellos, los ancianos del rancho, que en este tiempo poco les ha llegado de la modernidad, recuerdan mejores momentos. “Yo quisiera vivir los tiempos de antes, porque eran mejor, aunque estábamos pobres".
Si hablamos del campo en México sabemos bien que sus historias son de sufrimiento y carencia, pero en 'De boquillas al Mezquite' también se cuenta de lo bueno que puede ser vivir ahí.
Los relatos son de variada temática, y en muchos de ellos se hacen ver las costumbres y tradiciones de cada ejido, así como sus creencias y su forma de ver las cosas. Algunos son una mezcla de realidad y fantasía, pero cada uno resulta interesante.
Uno de los grandes aciertos de este libro es que en todas las historias se hizo una trascripción fiel de la oralidad de los participantes, y sólo se agregó nota para aquellas palabras que resultan confusas o para ubicar el lugar.
Una parte del libro cuenta las “Crónicas de brujas”. Las señoras María de Jesús Rodríguez, María Véliz Reyes, Juana Rodríguez Sepúlveda y Juana Castañeada cuentan sus experiencias con ellas. Las cuatro dicen historias asombrosas sobre estos seres que aseguran haber visto e incluso matado. “Cuando estaba chiquilla yo estuve en una junta de brujas”, narra la señora María de Jesús.
El paso de la Revolución dejó huellas y fantasmas. María Sánchez García, de 84 años, relata sobre el soldado que mandó matar Pancho Villa para que cuidara el dinero que ahí había enterrado. Además dice cómo un primo suyo murió poco a poco de espanto al verlo. Luego comenta Prudencio Garza Campos, comerciante en Sanbuenaventura: “Yo anduve con Pancho Villa y una vez me quiso fusilar porque pensaba que yo le había pegado las pulgas a la Adelita que traía mi general”. Uno al leer sobre su historia creería todo: que le había comido el mandado a Villa, que asistió con Piporro a la escuela y que el Papa, cuando estuvo ahí, le dio una pomada para “los viejitos que ya no pueden jalar”. Después José María Garza Campos, de 79, hermano de Prudencio, desmiente que haya estado con Villa y además aclara que es muy mentiroso.
Sobre los mineros, Pánfilo Gonzáles de 74 años habitante de Río Escondido cuenta que “es dura la vida de minero, pero también es buena, es muy bonita”.
Me harían falta más cuartillas para hablar de todas las historias que vienen en 'De boquillas al Mezquite', libro que recomiendo leer por su calidad antropológica.

-Sergio Castillo Lara, 'De boquillas al Mezquite' (Colección La Fragua No. 6, segunda época). Instituto Coahuilense de Cultura, Coahuila, 2006, 130 pp.


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La ausencia de ti es el llanto de los caídos

A sandramairallison

Por Sergio Alvizo
La ausencia de ti es el llanto de los caídos,
la desesperación de los tristes,
la lenta duración del invierno

Cuando te ausentas el mundo s e d e t i e n e
La soledad comienza habitar este cuarto que no tiene
ventanas y el s o l de tu llegada no penetra

La ausencia de ti es la falta de calor en mi cuerpo,
es la sed i n a g o t a b l e de los Ríos,

La ausencia de tus labios
el aguijón en el
cuerpo
es el zumbido de
abejas africanas
es el santo sin
veladora

La ausencia de tu cuerpo es el dolor
de la derrota en penales
es la hiel amargo del olvido

la ausencia de ti de tu cuerpo
de tus pechos que manan leche y miel
de tu sexo selva de guerrillas y luchas armadas
centro de ataques.

sábado, 14 de julio de 2007

edición del 7 de julio de 2007

El rockero de ayer, el José de ahora y el Agustín de siempre

Néstor Adame Santos (Monclova, Coahuila, 1984) hace una semblanza del escritor José Agustín. Nos habla de sus influencias musicales y su estilo, dando un recorrido por su obra literaria.

Hace algunos años surgió en la escena de la literatura un joven irreverente llamado José Agustín Ramírez (Acapulco, 1944), quien por muchos años fue severamente criticado y censurado por la hegemonía que en aquel tiempo mandaba en el país. Los críticos intelectuales solamente veían en Agustín a un jovencito lépero, grosero e incongruente cuya calidad literaria era totalmente nula. Pero fueron los mismos jóvenes quienes lo calificarían más adelante, por medio de la lectura de 'De perfil'. Ellos descubrirían un camino que los reflejaba en los suburbios inaccesibles que era la literatura. Entonces así, con el voto de los jóvenes, José Agustín, junto con Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña, abrieron las puertas de las editoriales a muchos escritores, para que abordaran diversas problemáticas. A ellos se les denominó un poco en tono despectivo "La Generación de la Onda", que eran aquellos quienes se identificaban con los jóvenes y que para los críticos literarios no alcanzaban niveles para tener derecho de "hacer literatura". El lenguaje de estos escritores underground dependía mucho de la influencia del movimiento rockero a nivel mundial, de la relación con los hippies, drogas, y la vida en suburbios y arrabales. A través de esto lograron adquirir una nueva voz literaria que en los tiempos modernos se alcanza a leer con una facilidad nata y con una frescura totalmente agradable.
Lo que ha caracterizado mucho a José Agustín ha sido su lenguaje, los juegos de palabras, el escribir como se habla, el captar los modalidades de la voz y acomodarlos en una hoja de papel tal y como son dichos. Ésta es una de las bases principales de la literatura de Agustín, ya que de sus mismas palabras nos señala lo qué es para él ese lenguaje que ha caracterizado a sus obras: "Lo que llaman el lenguaje de la onda es riquísimo y cumple una función social. Se ha preservado porque demostró que necesitábamos dar nuevos nombres a los fenómenos de la realidad: "azotarse" define algo para lo cual no existe el término; deprimirse o entristecerse no es lo mismo. Los "tiras" quiere decir en el lenguaje de la onda, la tiranía. "Aplatanarse", imagínate la consistencia del plátano, ¿podría cambiarse por pereza? ¡No tiene el mismo sabor!", justifica José Agustín, sobre la necesidad de explorar en ese lenguaje y en sus estructuras.
José Agustín es un escritor que nunca se autocensura, que se preocupa por ser lo más honesto posible en sus obras, por temáticas que nos dejan ver la verdadera realidad que le atañe al mexicano. Como buen escritor surgido en los años setentas, Agustín también fue brutalmente conmovido con las tendencias musicales. Es un apasionado de la música: del rythm and blues de Elvis Presley y Chuck Berry; del rock de los Rolling Stones y Bob Dylan; el apenas nacido heavy metal de Led Zeppelin y Black Sabbath; el rock progresivo de Pink Floyd y Frank Zappa. Colaboró también, a base de esta pasión, haciendo críticas de rock en diversas revistas que después serían reunidas bajo el rango de expresiones contraculturales. Fue tanto su gusto por el rock que la llevaría a la literatura para hacer un rock verbal. Lo que los rocanroleros mexicanos no pudieron hacer en los años 60 con una guitarra, Agustín lo consiguió con la pluma.
Las novelas de José Agustín están estructuradas como en pequeños relatos autónomos que llevan un mismo hilo conductor, lo que le ha permitido al autor elaborar diversas ediciones en que reúne algunos pasajes significativos de sus libros.
El cuento es el otro género en que Agustín ha incursionado de manera brillante. Sus libros "Inventando que sueño" (1968), "No hay censura" (1988), y "No pases esa puerta" (1992), fueron reunidos en su antología de "Cuentos completos" (2002).
En 1992, a petición del gobierno, realizará una revisión histórica de los sexenios priístas desde la era del presidente Manuel Ávila Camacho. Surgen los tres tomos de "Tragicomedia mexicana" ―título tomado de una poesía de Salvador Novo―, un ensayo que desmitifica la mirada de la historia oficial y narra, con los recursos propios de la literatura agustiniana, los pormenores tanto políticos como sociales y de resistencia que han prevalecido en la vida mexicana.
En "Dos horas de sol" (1994) el autor comienza a mirar los problemas de la mitad de la vida a través de dos periodistas cincuentones que llegan a trabajar a Acapulco. Al paso de los años se ha visto que la literatura de José Agustín toca temas de la madurez, pero aún así los jóvenes siguen identificándose con su literatura. Agustín es uno de los autores que más lectores jóvenes reúne en cada presentación de sus libros.
José Agustín es un autor que apuesta por la pluralidad para el surgimiento natural de las tendencias, mas que por una forma mítica de hacer cultura. Desmitifica con su forma de ser la figura del intelectual. A través de sus obras se deja ver como un hombre igual a todos, que comparte las preocupaciones del mundo, de su vida, de su generación y su país.
Para las nuevas generaciones de jóvenes, José Agustín sigue siendo nuestro primer clásico juvenil de lecturas obligadas (para quien se precie de ser un joven todavía, tanto biológicamente, como en alma). Y aunque el autor ya ha sido alcanzado por la vejez, será difícil que desaparezca de él ese espíritu juvenil y rocanrolero que lo ha caracterizado por todos estos años. Así que esperemos tener un Agustín por muchos años más. Vida larga para el rockstar-literario José Agustín.

sábado, 7 de julio de 2007

Cien años de Frida
El próximo 6 de julio se cumplen cien años del nacimiento de la pintora mexicana. Para recordarla, Paola Aguirre Praga (Saltillo, Coahuila, 1984) hace una breve semblanza de su vida. Además incluimos dos cartas que la artista escribió para Diego Rivera y Jacqueline Lamba.


Frida: dolor convertido en arte

Frida era como un lazo alrededor de una bomba.
-André Bretón

Por Paola Aguirre Praga
A los dieciocho años Frida Kahlo sufrió un accidente que la obligó a una larga recuperación. Durante este tiempo de dolor, de incomprensión y de frustración aprendió a pintar. Lo más probable es que esta experiencia haya influenciado en la formación de un mundo aparte que se refleja en sus obras.
Su pintura es testimonio de su lucha, de su forma de ser, del tiempo que le tocó vivir. Fue una mujer mexicana, de ésas de verdad, fuertes, que no le temen a nada. El historial médico que entregó a un doctor en 1946 dice que, durante su enfermedad, ella siguió haciendo su vida normal, que no tenía ningún dolor y que podía hacer deporte. Ella le dijo al doctor que después de haberse golpeado el pie derecho contra un árbol, la pierna se le salió y comenzó a adelgazársele y a acortársele. Los doctores diagnosticaron poliomielitis, y el tratamiento fueron baños de sol y calcio. Años más tarde, sufrió un accidente viajando en un autobús de Coyoacán al centro de la ciudad. Una barra metálica la atravesó, ocasionándole once fracturas. Su padre le obsequió material para que pintara y se acompañara durante largos periodos de tratamientos e intervenciones quirúrgicas. Es entonces cuando Frida empieza a pintar y ya nunca dejó de hacerlo hasta su muerte.
Siempre tuvo una gran fortaleza y soportó el dolor sin quejarse: su vida era la pintura. Ella siempre decía que había tenido varios accidentes en su vida y le gustaba ver las cicatrices para recordar lo difícil que había sido enfrentar eso.
En pláticas comentaba que el famoso pintor Diego Rivera había sido el peor de los hombres. Como para cualquiera que espera llenar su vacío interno con una vida en pareja, ser la mujer de Diego fue un motor en la vida de Frida. Diego fue su hombre, su niño, su amante, su amigo, su obsesión, su todo. Ella siempre quiso un hijo y aunque lo intentó varias veces no lo consiguió e incluso puso en riesgo su vida. Sin embargo, tal vez por querer subsanar el hecho de que no podría ofrecer un primogénito a su compañero y al extraño mundo psicológico que Frida y Diego vivían muy aparte de la realidad, su vida sentimental fue de cascos ligeros, ya que los dos tenían relaciones extramaritales consentidas. A él le gustaban mucho las mujeres y ella sufría grandes ataques de celos e inseguridades. Nunca se supo si ella mantenía romances con algunas mujeres.
La vida de Frida es un ejemplo: pese a su dolorosa enfermedad no se limitó a vegetar en una cama ni a quejarse de su mala fortuna. Luchó cada día de su vida y convirtió el sufrimiento y el dolor en arte. Su obra pictórica refleja su vida personal, con tintes surrealistas y de algunas creencias mexicanas. Ella vestía de una manera ciertamente inusual para la época. Cuando se encontraba en momentos de angustia y depresión solía usar ropa de hombre. La mayoría de sus pinturas son autorretratos. Frida pasó mucho tiempo en la cama y sin moverse de su casa, por ello era más fácil para ella pintarse con la ayuda de un espejo. Tuvo una gran capacidad de expresión y aunque muchos critiquen su obra o la califiquen de pintora de medio nivel, tal vez por las formas, su capacidad para transmitir su dolor fisco y emocional mueve la sensibilidad de los mexicanos, especialmente de las mujeres que nos sentimos identificadas con esas ganas de luchar en la vida, de sobrellevar la tristeza y la amargura por medio de algo que nos produce placer momentáneo, como la pintura. “No estoy enferma”, decía “estoy quebrada, pero estoy feliz de estar viva mientras pueda pintar”.


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Mi Diego:
Espejo de la noche. Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne. Ondas entre nuestras manos. Todo tú en el espacio lleno de sonidos, en la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo, el que capta el color. Yo Cromóforo, la que da el color.
Tú eres todas las combinaciones de los números. La vida.
Mi deseo es entender la línea la forma la sombra el movimiento. Tú llenas y yo recibo.
Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.
Frida Kahlo

A Jacqueline Lamba:
Desde que me escribiste, en aquel día tan claro y lejano, he querido explicarte que no puedo irme de los días, ni regresar a tiempo al otro tiempo. No te he olvidado, las noches son largas y difíciles.
El agua. El barco y el muelle y la ida, que te fue haciendo tan chica, desde mis ojos, encarcelados en aquella ventana redonda, que tú mirabas, para guardarme en tu corazón. Todo eso está intacto. Después, vinieron los días, nuevos de ti.
Hoy quisiera que mi sol te tocara. Te digo que tu niña es mi niña, los personajes títeres, arreglados en su gran cuarto de vidrios, son de las dos.
Es tuyo el huipil con listones solferinos. Mías las plazas viejas de tu París, sobre todas ellas, la maravillosa, Des Vosges. Yan olvidada y tan firme.
Los caracoles y la muñeca-novia, es tuya también, es decir, eres tú. Su vestido es el mismo que no quiso quitarse el día de la boda con Nadie, cuando la encontramos casi dormida en el piso sucio de una calle.
Mis faldas con olanes de encaje, y la blusa antigua que siempre hacen el retrato ausente de una sola persona. Pero el color de tu piel, de tus ojos y tu pelo cambia con el viento de México.
Tú también sabes que todo lo que mis ojos ven y que toco conmigo misma, desde todas las distancias, es Diego. La caricia de las telas, el color del color, los alambres, los nervios, los lápices, las hojas, el polvo, las células, la guerra y el sol, todo lo que se vive en los minutos de los no-relojes y los no-calendarios y de las no-miradas vacías, es él. Tú lo sentiste, por eso dejaste que me trajera el barco desde el Havre donde tú nunca me dijiste adiós.
Te seguiré escribiendo con mis ojos, siempre. Besa a la niña...

Frida Kahlo

sábado, 23 de junio de 2007

edición del 24 de junio de 2007


Mariposas suicidas
Por Emilia de la Cruz


apuestan todo a un sólo día
no hay tiempo para olvidar
a penas para hacerse
de un par de recuerdos
a penas para decir nada
y que la nada sea
a penas para repartir
sus alas como dos besos
a penas para apretar un alfiler
con su carne de alas abiertas
a penas para el vuelo suicida
contra el parabrisas de un auto
a penas para decir "soy"
y no alcanzar a ser siquiera.


Estatuas en movimiento
Por Melina Chavarría


Tus manos son hojas, caen al viento
estremeciendo mi cuerpo sereno
que se ve atrapado por tu veneno:
caricia sutil y leve lamento.

Tus dedos, estatuas en movimiento,
gacelas que se deslizan sin freno
estructuran un territorio ameno:
toman mi pecho como su aposento.

Tus líneas, imágenes del porvenir
bailan con cada uno de mis cabellos,
se encadenan y los hacen resurgir.

En tus manos se basa mi existir,
en ellas guardo los recuerdos bellos
de las pasiones que me hiciste sentir.


Dios es tremendamente erótico e inteligente
Por Lucero Chamé


Dios es tremendamente erótico e inteligente
por eso hizo el mar
y lo hizo en gran medida.
Tal vez la tentación no sabe a fuego
tal vez la condena no quema
la arena es blanda como el vientre
la marea es el movimiento regular
que cubre y abandona la orilla
las olas son la fuerza erosiva
que sacude las costas.
En la séptima ola la corriente se invierte
y fluye alejándose:
es la llamada corriente de reflujo
que arrastra mar adentro
el otro diluvio que Dios no especificó.

viernes, 22 de junio de 2007

edición del 17 de junio de 2007


Cruzar el desierto en tren

Por Cyntia Moncada

Miles de veces vi desfilar esa inmensa máquina cerca de mi casa. Cuando el silbido anunciaba su paso, mis primos y yo corríamos a la calle, agitábamos las manos, saltando y gritando. Imaginábamos que el hombre que manejaba aquel monstruo nos respondía con silbidos: “piiii, piiiiiiiiiiii”.

A veces, cuando el tren nos encontraba ahí, cerquita, nos apresurábamos para ganarle el paso y ponerle piedras en las vías, luego nos alejábamos corriendo, por miedo a ser golpeados por nuestra propia trampa. Minutos después regresábamos a apreciar nuestra creación: un par de piedras lisas, calientes todavía por la fricción. Nos las poníamos en la cara para sentir ese calor, ese leve contacto con un pedacito de tren.

Pero pese a todas las cosas divertidas que significaba ver el tren desde la distancia, desde abajo, por fuera, nunca fueron ni la mitad de emocionantes que verlo de cerca, desde arriba, por dentro.

Nada era comparable con la magia de ver mi mundo desde la ventana del tren: mi abuela saliendo a despedirse, a su lado un perro que al oír el silbido levantaba ligeramente la cabeza. Ver las casas que poco a poco se desvanecían en el desierto y desaparecían lentamente entre las montañas. Nada, nada era comparado con vivir por unas horas en un mundo en movimiento…
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Solíamos viajar solos mi madre, mi hermano y yo, rara vez mi papá nos acompañaba. Su trabajo siempre era subir las maletas, acomodarlas en su lugar, repartir besos y quedarse parado en la ventana diciendo adiós, junto con la familia de los demás pasajeros.

Siempre he pensado que las despedidas de tren son las más tristes. Aunque sabía que vería a mi padre un par de días después, me daba nostalgia verlo a lo lejos, hacerse pequeñito mientras agitaba la mano.

Buscábamos dos asientos que estuvieran de frente, pero pocas veces podíamos viajar solos, siempre nos tocaban personas extrañas a las que mi madre les ofrecía de nuestra comida.

El primero en desfilar por el pasillo siempre era el boletero, con sus abundantes bigotes, su ceja poblada y esa extraña gorra que llevaba todo el personal: “Boletos, boletos”, “¿a dónde va?”, “muy bien”. Tenía una extraña mirada que se centraba en los boletos y que, una que otra vez, levantaba para saludar a la gente.

Empezaba el espectáculo cuando pasábamos por ese inmenso puente naranja y veía a niños y adultos bañándose en un río al que mis papás nunca nos quisieron llevar. Después todo iba quedando atrás, mi padre diciendo adiós, mi abuela que salía a la calle para despedirnos, el puente naranja y empezaba el desierto.

Veía cómo los arbustos cercanos pasaban rápidamente, mientras los árboles lejanos avanzaban poco a poco.

Siempre descubríamos cosas diferentes: una vez vimos una montaña en forma de volcán, y mi hermano y yo temíamos que alguna vez hiciera erupción cuando pasáramos por ahí. Las liebres se escondían entre la hierba mientras una águila las acechaba y un correcaminos se salvaba de milagro de ser aplastado por un vagón.

De pronto, todo se cubría por una enorme sombra. Era porque pasábamos por en medio de una montaña, donde veíamos detalladamente la forma que tenían las piedras, ¡casi podíamos tocarlas!, e imaginábamos qué pasaría si todo aquello cayera sobre nosotros.

Durante cinco horas recorríamos el desierto coahuilense porque no teníamos suficiente dinero para irnos en autobús y cuando tuvimos un poco añorábamos aquella dicha de no tenerlo. Es más, alguna vez viajamos en primera clase, pero fue horrible: los asientos no podían voltearse, las ventanas no se abrían y tenían unas persiana que no dejaban ver más allá. Sí, había aire acondicionado, sillones acolchonaditos, pero no podíamos correr por los pasillos y mucho menos sacar la cabeza por la ventana. Aquello fue tan aburrido que suplicamos a mi madre no llevarnos otra vez a ese lugar.

A veces, nos encontrábamos a gente conocida. La tía Elva iba siempre a Espinazo y yo me encargaba de mostrarle a Dulce, mi prima, todos mis descubrimientos, como aquel día en que me di cuenta que los vellos de la nariz del boletero estaban a punto de enredarse con sus bigotes, o cuando pensé que el mar que se veía por la ventana era rojo y no azul como el que salía en la tele.

Quizá el momento más esperado era cuando el boletero entraba al vagón gritando: “Paredóoooooon”. Los que iban dormidos se despertaban de inmediato y se dirigían a sus ventanas. Todos los colores desfilaban por nuestros ojos: las enchiladas rojas, las salsas verdes, los refrescos de colores, los cestos amarillos, las frituras rojas, las faldas verdes de las señoras, los pantalones azules de los niños que llevan al lado. Comprábamos siempre enchiladas y refresco de manzana en vaso, en tiempo de calor raspados y en tiempo de frío los señores compraban café para remojar el pan.

Y detrás de aquellas señoras de colores, el desierto. A lo lejos, unos huecos enormes en el suelo. Yo imaginaba que de esa tierra roja sacaban los ladrillos y de la café los adobes, que los huecos eran porque se llevaron tierra de ahí y siempre me preguntaba si algún día se la iban a acabar.

En ocasiones, mi madre llevaba ropa que no nos quedaba y juguetes. Yo aventaba la ropa por la ventana y veía cómo los niños se lanzaban sobre ella y la abrían siempre con cara de sorpresa.

Después de pasar Ramos Arizpe había que cerrar bien las ventanas porque los pandilleros lanzaban piedras. Una vez rompieron la de un señor que viajaba al otro lado del pasillo, pero a nosotros nunca nos tocó vivir esa aventura. Reconocía el lugar porque se veían siempre luces rojas y amarillas por todos lados, pero no veía más: mi hermano y yo nos agachábamos por si algo golpeaba nuestra ventana.

Llegábamos a Saltillo por la noche, rendidos de ver tanto, oler tanto y reír tanto, pero ahí no había papá que bajara las maletas, así que nosotros teníamos que ayudar. Pasábamos una rampa y caminábamos entre mucha gente. El aroma a Saltillo era inconfundible: húmedo y fresco.

Afuera de la estación había una reproducción de máquina, a la que siempre me quise subir, pero siempre era muy tarde y estaba oscuro y teníamos que ir a casa de la abuela…

viernes, 15 de junio de 2007

edición del domingo 10 de junio



La cortina
Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles(México, D.F., 1974) estudió Filosofía en el Instituto de Filosofía del Seminario Arquidicoesano de Monterrey y es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de México.

Greta sólo tenía tres años y a su edad volvía locos a sus papás porque Greta era fanática de los crayones. Sin exagerar tendría unos 100 crayones entre los que le habían comprado sus papás, los que le regalaban sus tías y los que ella se traía del kinder. Pero el problema no era que tuviera crayones, sino que Greta gozaba pintando con ellos todo. Y al decir todo es porque ya pintaba un día en el piso, otro día en la pared, que, bueno, habría que decir que todos los niños de tres años hacen eso, pero Greta también pintaba las puertas, los muebles, la loza, la estufa.

El colmo fue cuando Greta pintó la cortina. Su mamá había mandado hacer unas cortinas para la sala que le habían costado carísimas y las cuidaba más que a nada. Un día a Greta se le ocurrió pintar un acuario en una de las cortinas. Ya esgrimía el azul, ahora el anaranjado, un poco de verde aquí, algo de amarillo allá... Greta estaba feliz. Corrió y le habló a su mamá para que viera su acuario. Cuando la mamá de Greta vio aquello, se puso roja, enojadísima, hecha un basilisco. Gritó, chilló, dijo cosas innombrables. Greta se asustó. Sin darse cuenta cómo, su mamá ya le había tomado del brazo y le había dado de nalgadas. Ahora Greta era quien lloraba. "¡Y te vas a tu recámara, niña malcriada!", sentenció su mamá.

Greta se encerró en su cuarto. Pasó una hora, dos, tres, cuatro... su mamá se dio cuenta al fin de que ya había pasado mucho tiempo y se preocupó. Subió a su recámara y abrió la puerta. Cuál fue su asombro al ver que Greta había pintado en la pared un enorme cielo azul con nubes. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando vio volando en ese cielo a Greta, que ahora era ya unos trazos de crayola negra...



Puedo imaginarte

Por F. J. Ingelberts

Puedo imaginarte de cuerpo completo:
con tus tentáculos que me tientan la piel
y me tientan a tocarte;
con los rastrillos de tus dedos que recorren
de dos en dos mi cuerpo,
esos dos dedos figurando piernas,
y con esas piernas que parecen dedos;
con esa boca que libidinosa surge y me urge besarla.
Besar la boca,
besar los labios,
besar suspiros.
Y ver sus piruetas, sus contorsiones corporales
que sin música, sin canciones, llevan un ritmo:
cómo tuerces el torso
cómo encorvas tus curvas
cómo mueves tus muecas.
Y que sin despecho me brindes tu pecho
y que por ese hecho hagamos un brindis.
Pero no te toco.
No te toco mas te asiento
y no miento
cuando digo que resiento
el no sentir tu aliento.
Y en ese asentirte que no me lleva a sentirte
me doy cuenta
que puedo imaginarte de cuerpo completo
pero no puedo palparte.